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Lo digital y los medios por Eduardo Madinaveitia - Delivery Media

Lo digital y los medios por Eduardo Madinaveitia

El confinamiento propiciado por la pandemia de Covid 19 ha supuesto un fuerte empujón para todo lo digital, aunque como ocurre siempre, este cambio viene acompañado por un buen número de contradicciones.

El tener que teletrabajar por obligación ha puesto de manifiesto que el teletrabajo es posible y que una inmensa mayoría de los trabajadores obligados a hacerlo no sólo han sido capaces, sino que en muchos casos han rendido más que en su equivalente presencial. Además han evitado desplazamientos y con ello se ha reducido la contaminación.

Pero muchos se quejan de las jornadas interminables y la imposibilidad de desconectar. No todo el mundo es capaz de respetar los horarios, propios y del equipo, en una situación nueva. Además el experimento no se ha producido en las condiciones que deberían haber sido normales, sino con los niños en casa y sin la posibilidad de salir a la calle para cambiar de aires.

Las reuniones presenciales se han sustituido por videoconferencias, en muchos casos con un tema y una duración prefijados, lo que ha incrementado su eficacia.

En la nueva realidad probablemente se mantendrá una parte de teletrabajo, ya en condiciones más normales, se reducirán los viajes de trabajo, pero también se pondrá en valor la presencia, siempre que sea necesaria.

Otro aspecto que ha crecido de forma considerable durante la cuarentena es el e.commerce. Con toda seguridad una parte de ese crecimiento (diferente según los sectores) se mantendrá una vez llegados a la nueva realidad, pero basta ver las enormes colas que se forman estos días en comercios como Zara y similares para comprender que una parte considerable del atractivo de las compras, al menos de algunas, es el componente presencial y de socialización.

La brusca interrupción del curso escolar también hizo necesario que la enseñanza a distancia diera un gran salto adelante para el que, en muchos casos, no estaba preparada. Esto puso de manifiesto lo complejo que puede resultar el cambio hacia la digitalización absoluta. Muchos hogares no disponían de ordenador, pero muchos más aún no disponían de un ordenador para cada uno de sus miembros, lo que hacía imposible que los hijos estudiaran a la vez que los padres teletrabajaban. O la debilidad de muchas conexiones que, incluso en el caso de que hubiera varios ordenadores en el hogar, impedía la realización de varias videoconferencia (clase, reunión,…) simultáneas. Profesores que nunca habían dado clase a distancia se han visto obligados no sólo a improvisar esas clases sino también a diseñar sistemas para realizar exámenes de forma fiable. Eso sin contar con que los ordenadores normales no están preparados para escribir fórmulas (en matemáticas, física, química, biología,…) y otras muchas dificultades con las que no se contaba cuando empezó todo el proceso.

Ahora todo es más digital que en febrero. Pero no todo es digital, ni seguramente lo va a ser en mucho tiempo. Ni tiene por qué serlo.

Un aspecto que no podemos olvidar es el de la ciberseguridad. Bastó que en los primeros días se popularizara una aplicación como ZOOM para que sufriera sus primeros ataques masivos. No es lo mismo la seguridad que se puede proporcionar sin salir de los locales de la empresa que con miles de empleados conectados a distancia desde sus hogares.

Y también habrá que considerar cómo tratan las empresas los gastos en que incurren sus empleados al trabajar desde el hogar, algo de lo que se ha hablado poco, pero que ya ha dado lugar a alguna sentencia en países con una justicia más rápida que la nuestra.

El confinamiento ha traído también importantes cambios en el consumo de medios. Aunque los kioscos se mantuvieron como uno de los servicios esenciales incluso en los peores momentos del estado de alarma, la dificultad para salir de casa perjudicó a los medios de papel que, además volvieron, en muchos casos, a ofrecer gratis sus contenidos en el formato digital. Esto, en un momento de exceso de información y de retirada de una gran parte de la inversión publicitaria, es una decisión, cuando menos, discutible.

Es el enésimo ataque a la rentabilidad de unos medios que siguen sin encontrar su modelo de negocio en la era digital.

Las ediciones en papel lo volverán a tener un poco más difícil en la nueva realidad que se anuncia; quedarán como algo residual. Que no se puedan compartir en lugares públicos, como bares o peluquerías, es sólo un empujón más hacia el abismo al que ya se encaminaban.

Se sugieren diferentes modelos: la prensa regional, que aguanta algo mejor; el periódico de referencia, basado sobre todo en análisis y opiniones que refuercen las ideas del potencial lector, o la revista de gran calidad. En un momento en el que los bulos hacían más necesaria la información contrastada, parece que una buena parte de la población se conforma con las noticias, con o sin contrastar, que refuerzan sus posiciones previas. Da la impresión de que ya todos renunciamos a esa entidad abstracta que antes llamábamos “la verdad”.

Se apuntan como claves dos aspectos: la autenticidad de la información (que tenga bases y fundamentos que el lector no tenga a su alcance, pero le ayuden a comprender mejor y reforzar sus puntos de vista) y la cualificación de la opinión, que ayude al lector a entender mejor toda esa cantidad de información sin contrastar que ahora le llega por muchos cauces.

Los kioscos deberán reinventarse. Si cada vez menos su función va a ser la distribución de prensa y revistas, pueden acabar siendo puntos de venta de libros, de chuches o de recogida de paquetes en un entorno de e.commerce creciente. Y muchos cerrarán.

Más de un cuarto de siglo después de las primeras ediciones digitales, sigue sin estar claro cuál puede ser el modelo de negocio digital de los diarios y las revistas. Pese al éxito que The New York Times y pocos medios más han conseguido con sus muros de pago, no parece que eso vaya a ser trasladable a países como el nuestro, con un volumen de lectores mucho menor.

Crear buena información es caro; la publicidad, con costes muy reducidos, no cubre los gastos ni en soportes con una altísima saturación y, al menos de momento, no son muchos los lectores que están dispuestos a pagar, ni siquiera cantidades reducidas,  por la información. Tenemos un jeroglífico difícil de cuadrar.

Los diarios nacidos digitales, con unas estructuras más reducidas y ágiles pueden estar mejor situados para sobrevivir. Y algunos están perfilándose ya como marcas de prestigio, aunque todavía lejos de los principales que proceden del papel, a los que se les supone una mayor capacidad para elaborar contenidos de calidad.

Información obtenida de: El Vijía por Eduardo Madinaveitia

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